Ser pizzero no es precisamente un trabajo sencillo para alguien tan olvidadizo como yo, sobre todo si tienes que entregar más de cincuenta o sesenta pedidos al día por toda la ciudad, más de una entrega tardía han notificado al jefe de mi parte, aún me cuesta creer como no me echaron a patadas del curro, daré pena, o simplemente, que después de todo, en mis cosas seré bastante bueno. Era un sábado noche, me tocaría unos días de descansito, pero entre las fiestas que montan los sábados, la pereza de cocinar las personas los fines de semana, lo cabrón que puede llegar a ser un jefe, y la final de la Champions League, todos los pizzeros estábamos obligados a ir de un lado a otro en nuestra moto para entregar los pedidos pertinentes a sus destinatarios, y más en una ciudad tan grande en la cual, al menos más de mil personas piden pizza a la pizzería más importante de la ciudad. Hoy me tocaba cubrir algunos puestos de más, pedidos de más, y una pereza tremenda.
- ¡Snow! Tienes trabajo. - me llamó la atención una cocinera. Con un suspiro bastante pesado y con mucha pereza me levanté de mi asiento dejándolo libre para otra persona y me acerqué hacia donde clamaban mi nombre. La simpática cocinera tenía sobre la palma de su mano derecha dos cajas de pizza, como siempre, grandes. Me las entregó y las agarré con suavidad y cuidado de no moverlas demasiados, al estar salidas recién del horno, tenían a deshacerse de forma fácil, y eso no es muy agradable de comer después. Me dió seguidamente de la caja un papel donde venía la dirección de la persona que había pedido aquello, por suerte, no muy lejos de allí. Suspiré nuevamente y me emprendí en el periplo de la entrega de pizza. Antes de montarme sobre la moto coloqué las dos cajas de cartón con el alimento en su interior en el compartimento trasero. Me monté sobre la moto, y sin molestarme en ponerme el casco, arranqué el frío motor de la moto, sonando así un ronco rugido de este, señalando que aún no estaba del todo preparado para arrancar.
- Dónde demonios quedará esto... - murmuré observando al papel que contenía escrito con lápiz y mala letra la dirección de destino. Suspiré y negué con la cabeza un par de veces guardando el papel arrugado en el bolsillo de mi pantalón y arranqué la moto por fin. La travesía duró más o menos cinco minutos, saltándose algún semáforo y yendo a más velocidad de la permitida, pero la seguridad vial de la ciudad no era de la mejorcita, pero eso locos de por aquí montaban sus propias carreras en plena avenida central sin recibir pena a cambio. Aparqué la moto lejos del portal de la casa, sobre la acera, seguro que serían unos minutos lo que estaría en la casa, por lo que no supondría ningún ponerla ahí. Saqué las cajas de la deliciosa pizza del compartimento y cerré después. Di media vuelta y comencé a caminar hacia la puerta de la casa donde aquella persona esperaba una cena rápida. Era una casa bonita, pintoresca, de mi agrado, algo parecido a la mía la verdad, aunque con colores diferentes, como podía comprobar, o al menos me imaginaba, una mujer vivía allí. Me coloqué encima del felpudo y pulsé el timbre, a la espera de que me abriesen.